domingo, 15 de marzo de 2020

Ensayo: LITERATURA + ENFERMEDAD = ENFERMEDAD

"En el año 2003, poco después de la muerte de Roberto Bolaño, fue publicado un pequeño volumen de relatos, titulado El gaucho insufrible. Al interior de este libro, incluidos casi como un extra, un acápite de último minuto, aparecen dos conferencias o ensayos. En el primero de ellos, “Literatura + enfermedad = enfermedad” el autor intenta vincular los conceptos de enfermedad, viaje y literatura. Y lo consigue. De la mano de Baudelaire y Mallarmé, Bolaño sostiene una suerte de teoría emanada desde su doble condición de escritor y enfermo terminal." A continuación, el ensayo en cuestión.

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LITERATURA + ENFERMEDAD = ENFERMEDAD 

para mi amigo el doctor Víctor Vargas, hepatólogo

Enfermedad y conferencia 
Nadie debe extrañarse de que el conferenciante se ande por las ramas. Pongamos el siguiente caso. El conferenciante va a hablar sobre la enfermedad. El teatro se llena con diez personas. Hay una expectación entre los espectadores digna, sin duda, de mejor causa. La conferencia empieza a las siete de la tarde o a las ocho de la noche. Nadie del público ha cenado. Cuando dan las siete (o las ocho, o las nueve) ya están todos allí, sentados en sus asientos, los teléfonos móviles apagados. Da gusto hablar ante personas tan educadas. Sin embargo el conferenciante no aparece y finalmente uno de los organizadores del evento anuncia que no podrá venir debido a que, a última hora, se ha puesto gravemente enfermo.

Enfermedad y estatura 
Vayamos al grano o acerquémonos por un instante a ese grano solitario que el viento o el azar ha dejado justo en medio de una enorme mesa vacía. No hace mucho tiempo, al salir de la consulta de Víctor Vargas, mi médico, una mujer me esperaba junto a la puerta confundida entre los demás pacientes que formaban la cola. Esta mujer era una mujer bajita, quiero decir de corta estatura, cuya cabeza apenas me llegaba a la altura del pecho, digamos unos pocos centímetros por arriba de las tetillas, y eso que llevaba unos tacones portentosos, como no tardé en descubrir. La visita, de más está decirlo, había ido mal, muy mal; mi médico sólo tenía malas noticias. Yo me sentía, no sé, no precisamente mareado, que es lo usual en estos casos, sino más bien como si los demás se hubieran mareado y yo fuera el único que mantenía una especie de calma o una cierta verticalidad. Tenía la impresión de que todos iban a gatas o, como suele decirse, a cuatro patas, mientras yo iba de pie o permanecía sentado, con las piernas cruzadas, que a todos los efectos es lo mismo que estar o ir de pie o mantener la verticalidad. En cualquier caso tampoco puedo decir que me sintiera bien, pues una cosa es mantenerse erguido mientras los demás gatean y otra cosa muy distinta es observar, con algo que a falta de una palabra mejor llamaré ternura o curiosidad o mórbida curiosidad, el gateo indiscriminado y repentino de quienes te rodean. Ternura, melancolía, nostalgia, sensaciones propias de un enamorado más bien cursi, y muy impropias de experimentar en el consultorio externo de un hospital de Barcelona. Por supuesto, si ese hospital hubiera sido un manicomio, tal visión no me habría afectado en lo más mínimo, pues desde muy joven me acostumbré —aunque nunca seguí— al refrán que dice que en el país al que fueres, haz lo que vieres, y lo mejor que uno puede hacer en un manicomio, aparte de mantener un silencio lo más digno posible, es gatear u observar el gateo de los compañeros de desgracia. Pero yo no estaba en un manicomio sino en uno de los mejores hospitales públicos de Barcelona, un hospital que conozco bien pues he estado cinco o seis veces internado allí, y hasta entonces no había visto a nadie caminar a cuatro patas, aunque sí había visto a enfermos ponerse amarillos como canarios y había visto a otros que de repente dejaban de respirar, es decir, se morían, algo no inusual en un sitio así; pero a gatas no había visto, todavía, a nadie, por lo que pensé que las palabras de mi médico habían sido mucho más graves de lo que en principio creí, o lo que es lo mismo: que mi estado de salud era francamente malo. Y cuando salí de la consulta y vi a todo el mundo gateando, esta impresión sobre mi propia salud se acentuó y el miedo a punto estuvo de tumbarme y obligarme agatear a mí también. El motivo de que no lo hiciera fue la presencia de la mujer bajita, que en ese momento se me acercó y dijo su nombre, la doctora X, y luego pronunció el nombre de mi médico, mi querido doctor Vargas, con quien mantengo una relación tipo armador griego millonario, es decir la relación de un hombre casado que ama pero que procura ver lo menos posible a su mujer, y añadió, la doctora X, que estaba al tanto de mi enfermedad o del progreso de mi enfermedad y deseaba incluirme en un trabajo que ella estaba haciendo. Le pregunté educadamente por la naturaleza de ese trabajo. Su respuesta fue vaga. Me explicó que apenas me haría perder media hora de mi tiempo y que se trataba de que yo hiciera algunos tests que tenía preparados. No sé por qué, finalmente le dije que sí, y entonces ella me guió fuera de las consultas externas hasta un ascensor de grandes proporciones, un ascensor en donde había una camilla, vacía, por supuesto, pero ningún camillero, una camilla que subía y que bajaba con el ascensor, como una novia bien proporcionada con —o en el interior de— su novio desproporcionado, pues el ascensor era verdaderamente grande, tanto como para albergar en su interior no sólo una camilla sino dos, y además una silla de ruedas, todas con sus respectivos ocupantes, pero lo más curioso era que en el ascensor no había nadie, salvo la doctora bajita y yo, y justo en ese momento, con la cabeza no sé si más fría o más caliente, me di cuenta de que la doctora bajita no estaba nada mal. 

No bien descubrí esto, me pregunté qué ocurriría si le proponía hacer el amor en el ascensor, cama no nos iba a faltar. Recordé en el acto, como no podía ser menos, a Susan Sarandon disfrazada de monja preguntándole a Sean Penn cómo podía pensar en follar si le quedaban pocos días de vida. El tono de Susan Sarandon, por descontado, es de reproche. No recuerdo, para variar, el título de la película, pero era una buena película, dirigida, creo, por Tim Robbins, que es un buen actor y tal vez un buen director pero que no ha estado jamás en el corredor de la muerte. Follar es lo único que desean los que van a morir. Follar es lo único que desean los que están en las cárceles y en los hospitales. Los impotentes lo único que desean es follar. Los castrados lo único que desean es follar. Los heridos graves, los suicidas, los seguidores irredentos de Heidegger. Incluso Wittgenstein, que es el más grande filósofo del siglo XX, lo único que deseaba era follar. Hasta los muertos, leí en alguna parte, lo único que desean es follar. Es triste tener que admitirlo, pero es así.

Enfermedad y Dioniso
Aunque la verdad de la verdad, la puritita verdad, es que me cuesta mucho admitirlo. Esa explosión seminal, esos cúmulos y cirros que cubren nuestra geografía imaginaria, terminan por entristecer a cualquiera. Follar cuando no se tienen fuerzas para follar puede ser hermoso y hasta épico. Luego puede convertirse en una pesadilla. Sin embargo, no hay más remedio que admitirlo. Miren, por ejemplo, las cárceles de México. Aparece un tipo no precisamente agraciado, chaparro, seboso, panzón, bizco, y que encima es malo y huele mal. Este tipo, cuya sombra se desplaza con una lentitud exasperante por las paredes de la cárcel o por los pasillos interiores de la cárcel, al poco tiempo de estar allí se hace amante de otro tipo, igual de feo pero más fuerte. No ha habido un romance prolongado, un romance lleno de pasos y de estaciones. No ha habido una afinidad electiva tal como la entendía Goethe. Ha sido un amor a primera vista, primario, si ustedes quieren, pero cuya finalidad no difiere mucho de la finalidad buscada por tantas parejas normales o que nos parecen normales. Son novios. Sus galanteos, sus deliquios, son como radiografías. Follan cada noche. A veces se pegan. Otras veces se cuentan sus vidas, como si fueran amigos, aunque en realidad no son amigos sino amantes. Los domingos, incluso, ambos reciben las visitas de sus respectivas mujeres, que son tan feas como ellos. Obviamente ninguno de los dos es lo que llamaríamos un homosexual. Si alguien se lo echara encara probablemente ellos se enojarían tanto, se sentirían tan ofendidos, que primero violarían brutalmente al ofensor y luego lo asesinarían. Esto es así. Victor Hugo, que según Daudet era capaz de comerse una naranja entera de un solo bocado, prueba máxima de salud, según Daudet, típico gesto de cerdo, según mi mujer, dejó escrito en Los miserables que la gente oscura, la gente atroz, es capaz de experimentar una felicidad oscura, una felicidad atroz. Según creo recordar, pues Los miserables es un libro que leí en México hace muchísimos años y que dejé en México cuando me fui de México para siempre y que no pienso volver a comprar ni a releer, pues no hay que leer ni mucho menos releer los libros de los cuales se hacen películas, y creo que de Los miserables se hizo hasta un musical. Esa gente atroz, como decía, cuya felicidad es atroz, son aquellos rufianes que acogen a Cosette cuando Cosette aún es una niña, y que encarnan a la perfección no sólo el mal y la mezquindad de cierta pequeña burguesía o de aquello que aspira a formar parte de la pequeña burguesía, sino que con el paso del tiempo y los avances del progreso encarnan, a estas alturas de la historia, a casi la totalidad de lo que hoy llamamos clase media, una clase media de izquierda o de derecha, culta o analfabeta, ladrona o de apariencia proba, gente provista de buena salud, gente preocupada en cuidar su buena salud, gente exactamente igual (probablemente menos violenta y menos valiente, más prudente, más discreta) que los dos pistoleros mexicanos que viven su amor encerrados en un penal. Dioniso lo ha invadido todo. Está instalado en las iglesias y en las ONG, en el gobierno y en las casas reales, en las oficinas y en los barrios de chabolas. La culpa de todo la tiene Dioniso. El vencedor es Dioniso. Y su antagonista o contrapartida ni siquiera es Apolo, sino don Pijo o doña Siútica o don Cursi o doña Neurona Solitaria, guardaespaldas dispuestos a pasarse al enemigo a la primera detonación sospechosa.

Enfermedad y Apolo 
¿Y dónde diablos está el maricón de Apolo? Apolo está enfermo, grave. Enfermedad y poesía francesa La poesía francesa, como bien saben los franceses, es la más alta poesía del siglo XIX y de alguna manera en sus páginas y en sus versos se prefiguran los grandes problemas que iba a afrontar Europa y nuestra cultura occidental durante el siglo XX y que aún están sin resolver. La revolución, la muerte, el aburrimiento y la huida pueden ser esos temas. Esa gran poesía fue escrita por un puñado de poetas y su punto de partida no es Lamartine, ni Hugo, ni Nerval, sino Baudelaire. Digamos que se inicia con Baudelaire, adquiere su máxima tensión con Lautréamont y Rimbaud, y finaliza con Mallarmé. Por supuesto, hay otros poetas notables, como Corbière o Verlaine, y otros que no son desdeñables, como Laforgue o Catulle Mendés o Charles Cros, e incluso alguno no del todo desdeñable como Banville. Pero la verdad es que con Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud y Mallarmé ya hay suficiente. Empecemos por el último. Quiero decir, no por el más joven sino por el último en morir, Mallarmé, que se quedó a dos años de conocer el siglo XX. Éste escribe en Brisa Marina: 

La carne es triste, ¡ay!, y todo lo he leído. 
¡Huir! ¡Huir! Presiento que en lo desconocido 
de espuma y cielo, ebrios los pájaros se alejan. 
Nada, ni los jardines que los ojos reflejan 
sujetará este pecho, náufrago en mar abierta 
¡oh, noches!, ni en mi lámpara la claridad desierta
 sobre la virgen página que esconde su blancura, 
y ni la fresca esposa con el hijo en el seno. ¡He de partir al fin! Zarpe 
el barco, y sereno 
meza en busca de exóticos climas su arboladura. 
Un hastío reseco ya de crueles anhelos
 aún suena en el último adiós de los pañuelos. 
¡Quién sabe si los mástiles, tempestades buscando, 
se doblarán al viento sobre el naufragio, cuando 
perdidos floten sin islotes ni derroteros!... 
¡Más oye, oh corazón, cantar los marineros!

Un bonito poema. Nabokov le habría aconsejado al traductor no mantener la rima, dar una versión en verso libre, hacer una versión feísta, si Nabokov hubiera conocido al traductor, Alfonso Reyes, que para la cultura occidental poco significa pero que para esa parte de la cultura occidental que es Latinoamérica significa (o debería significar) mucho. ¿Pero qué quiso decir Mallarmé cuando dijo que la carne es triste y que ya había leído todos los libros? ¿Que había leído hasta la saciedad y que había follado hasta la saciedad? ¿Que a partir de determinado momento toda lectura y todo acto carnal se transforman en repetición? ¿Que lo único que quedaba era viajar? ¿Que follar y leer, a la postre, resultaba aburrido, y que viajar era la única salida? Yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad, del combate que libra la enfermedad contra la salud, dos estados o dos potencias, como queráis, totalitarias; yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad revestida con los trapos del aburrimiento. La imagen que Mallarmé construye sobre la enfermedad, sin embargo, es, de alguna manera, prístina: habla de la enfermedad como resignación, resignación de vivir o resignación de lo que sea.

Es decir, está hablando de derrota. Y para revertir la derrota opone vanamente la lectura y el sexo, que sospecho que para mayor gloria de Mallarmé y mayor perplejidad de Madame Mallarmé eran la misma cosa, pues de lo contrario nadie en su sano juicio puede decir que la carne es triste, así, de esa forma taxativa, que enuncia que la carne sólo es triste, que la petit morte, que en realidad no dura ni siquiera un minuto, se extiende a todos los gestos del amor, que como es bien sabido pueden durar horas y horas y hacerse interminables, en fin, que un verso semejante no desentonaría en un poeta español como Campoamor pero sí en la obra y en la biografía de Mallarmé, indisolublemente unidas, salvo en este poema, en este manifiesto cifrado, que sólo Paul Gauguin se tomó al pie de la letra, pues que se sepa Mallarmé no escuchó jamás cantar a los marineros, o si los escuchó no fue, ciertamente, a bordo de un barco con destino incierto. 

Y menos aún se puede afirmar que uno ya ha leído todos los libros, pues incluso aunque los libros se acaben nunca acaba uno de leerlos todos, algo que bien sabía Mallarmé. Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz. ¿Y qué le queda a Mallarmé en este ilustre poema, cuando ya no le quedan, según él, ni ganas de leer ni ganas de follar? Pues le queda el viaje, le quedan las ganas de viajar. Y ahí está tal vez la clave del crimen. Porque si Mallarmé llega a decir que lo que queda por hacer es rezar o llorar o volverse loco, tal vez habría conseguido la coartada perfecta. 

Pero en lugar de eso Mallarmé dice que lo único que resta por hacer es viajar, que es como si dijera navegar es necesario, vivir no es necesario, frase que antes sabía citar en latín y que por culpa de las toxinas viajeras de mi hígado también he olvidado, o lo que es lo mismo, Mallarmé opta por el viajero con el torso desnudo, por la libertad que también tiene el torso desnudo, por la vida sencilla (pero no tan sencilla si rascamos un poco) del marinero y del explorador que, a la par que es una afirmación de la vida, también es un juego constante con la muerte y que,en una escala jerárquica, es el primer peldaño de cierto aprendizaje poético. El segundo peldaño es el sexo y el tercero los libros. Lo que convierte la elección mallarmeana en una paradoja o bien en un regreso, en un volver a empezar desde cero. Y llegado a este punto no puedo, antes de volver al ascensor, dejar de pensar en un poema de Baudelaire, el padre de todos, en el que éste habla del viaje, del entusiasmo juvenil del viaje y de la amargura que todo viaje a la postre deja en el viajero, y pienso que tal vez el soneto de Mallarmé es una respuesta al poema de Baudelaire, uno de los más terribles que he leído, el de Baudelaire, un poema enfermo, un poema sin salida, pero acaso el poema más lúcido de todo el siglo XIX.

Enfermedad y viajes
Viajar enferma. Antiguamente los médicos recomendaban a sus pacientes, sobre todo a los que padecían enfermedades nerviosas, viajar. Los pacientes, que por regla general tenían dinero, obedecían y se embarcaban en largos viajes que duraban meses y en ocasiones años. Los pobres que tenían enfermedades nerviosas no viajaban. Algunos, es de suponer, enloquecían. Pero los que viajaban también enloquecían o, lo que es peor, adquirían nuevas enfermedades conforme cambiaban de ciudades, de climas, de costumbres alimenticias. 

Realmente, es más sano no viajar, es más sano no moverse, no salir nunca de casa, estar bien abrigado en invierno y sólo quitarse la bufanda en verano, es más sano no abrir la boca ni pestañear, es más sano no respirar. Pero lo cierto es que uno respira y viaja. Yo, sin ir más lejos, comencé a viajar desde muy joven, desde los siete u ocho años, aproximadamente. Primero en el camión de mi padre, por carreteras chilenas solitarias que parecían carreteras posnucleares y que me ponían los pelos de punta, luego en trenes y en autobuses, hasta que a los quince años tomé mi primer avión y me fui a vivir a México. A partir de ese momento los viajes fueron constantes. Resultado: enfermedades múltiples. 

De niño, grandes dolores de cabeza que hacían que mis padres se preguntaran si no tendría una enfermedad nerviosa y si no sería conveniente que emprendiera, lo más pronto posible, un largo viaje reparador. De adolescente, insomnio y problemas de índole sexual. De joven, pérdida de dientes que fui dejando, como las miguitas de pan de Hansel y Gretel, en diferentes países; mala alimentación que me provocaba acidez estomacal y luego una gastritis; abuso de la lectura que me obligó a llevar lentes; callos en los pies producto de largas caminatas sin ton ni son; infinidad de gripes y catarros mal curados. Era pobre, vivía en la intemperie y me consideraba un tipo con suerte porque, a fin de cuentas, no había enfermado de nada grave. Abusé del sexo pero nunca contraje una enfermedad venérea. Abusé de la lectura pero nunca quise ser un autor de éxito. Incluso la pérdida de dientes para mí era una especie de homenaje a Gary Snyder, cuya vida de vagabundo zen lo había hecho descuidar su dentadura. Pero todo llega. Los hijos llegan. Los libros llegan. La enfermedad llega. El fin del viaje llega.

Enfermedad y callejón sin salida 
El poema de Baudelaire se llama “El viaje”. El poema es largo y delirante, es decir posee el delirio de la extrema lucidez, y no es éste el momento de leerlo completo. El traductor es el poeta Antonio Martínez Sarrión y sus primeros versos dicen así: 

Para el niño, gustoso de mapas y grabados, 
Es semejante el mundo a su curiosidad. 

El poema, pues, empieza con un niño. El poema de la aventura y del horror, naturalmente, empieza en la mirada pura de un niño. Luego dice:

Un buen día partimos, la cabeza incendiada, Repleto el corazón de rabia y amargura, 
Para continuar, tal las olas, meciendo 
Nuestro infinito sobre lo finito del mar: 
Felices de dejar la patria infame, unos; 
El horror de sus cunas, otros más; no faltando, 
Astrólogos ahogados en miradas bellísimas 
De una Circe tiránica, letal y perfumada. 
Para no ser cambiados en bestias, se emborrachan 
De cielos abrasados, de espacio y resplandor, 
El hielo que les muerde, los soles que les queman,
 La marca de los besos borran con lentitud. 
Pero los verdaderos viajeros sólo parten 
Por partir; corazones a globos semejantes 
A su fatalidad jamás ellos esquivan 
Y gritan “¡Adelante!” sin saber bien por qué.

El viaje que emprenden los tripulantes del poema de Baudelaire en cierto modo se asemeja al viaje de los condenados. Voy a viajar, voy a perderme en territorios desconocidos, a ver qué encuentro, a ver qué pasa. Pero previamente voy a renunciar a todo. O lo que es lo mismo: para viajar de verdad los viajeros no deben tener nada que perder. El viaje, este largo y accidentado viaje del siglo XIX, se asemeja al viaje que hace el enfermo a bordo de una camilla, desde su habitación a la sala de operaciones, donde le aguardan seres con el rostro oculto debajo de pañuelos, como bandidos de la secta de los hashishin. Por cierto, las primeras estampas del viaje no rehúyen ciertas visiones paradisíacas, producto más de la voluntad o de la cultura del viajero que de la realidad:

¡Asombrosos viajeros! ¡Cuántas nobles historias 
Leemos en vuestros ojos profundos como el mar! 
Mostradnos los estuches de tan ricas memorias 
Y también dice: ¿Qué habéis visto? Y el viajero, o ese fantasma que representa a los viajeros, contesta enumerando las estaciones del infierno. El viajero de Baudelaire, evidentemente, no cree que la carne sea triste y que ya haya leído todos los libros, aunque evidentemente sabe que la carne, trofeo y joya de la entropía, es triste y más que triste, y que una vez leído un solo libro, todos los libros están leídos. El viajero de Baudelaire tiene la cabeza incendiada y el corazón repleto de rabia y amargura, es decir, probablemente se trata de un viajero radical y moderno, aunque por supuesto es alguien que razonablemente quiere salvarse, que quiere ver, pero que también quiere salvarse. El viaje, todo el poema, es como un barco o una tumultuosa caravana que se dirige directamente hacia el abismo, pero el viajero, lo intuimos en su asco, en su desesperación y en su desprecio, quiere salvarse. Lo que finalmente encuentra, como Ulises, como el tipo que viaja en una camilla y confunde el cielo raso con el abismo, es su propia imagen:

¡Saber amargo aquel que se obtiene del viaje! 
Monótono y pequeño, el mundo, hoy día, ayer, 
Mañana, en todo tiempo, nos lanza nuestra imagen: 
¡En desiertos de tedio, un oasis de horror!

Y con ese verso, la verdad, ya tenemos más que suficiente. En medio de un desierto de aburrimiento, un oasis de horror. No hay diagnóstico más lúcido para expresar la enfermedad del hombre moderno. Para salir del aburrimiento, para escapar del punto muerto, lo único que tenemos a mano,y no tan a mano, también en esto hay que esforzarse, es el horror, es decir el mal. O vivimos como zombis, como esclavos alimentados con soma, o nos convertimos en esclavizadores, en seres malignos, como el tipo aquel que después de asesinar a su mujer y a sus tres hijos dijo, mientras sudaba a mares, que se sentía extraño, como poseído por algo desconocido, la libertad, y luego dijo que las víctimas se habían merecido lo que les pasó, aunque al cabo de unas horas, más tranquilo, dijo que nadie se merecía una muerte tan cruel y luego añadió que probablemente se había vuelto loco y les pidió a los policías que no le hicieran caso. 

Un oasis siempre es un oasis, sobre todo si uno sale de un desierto de aburrimiento. En un oasis uno puede beber, comer, curarse las heridas, descansar, pero si el oasis es de horror, si sólo existen oasis de horror, el viajero podrá confirmar, esta vez de forma fehaciente, que la carne es triste, que llega un día en que todos los libros están leídos y que viajar es un espejismo. Hoy, todo parece indicar que sólo existen oasis de horror o que la deriva de todo oasis es hacia el horror.

Enfermedad y pruebas Y ya es hora de volver a ese ascensor enorme, el ascensor más grande que he visto en mi vida, un ascensor en donde un pastor hubiera podido meter un reducido rebaño de ovejas y un granjero dos vacas locas y un enfermero dos camillas vacías, y en donde yo me debatía, literalmente, entre la posibilidad de pedirle a aquella doctora de corta estatura, casi una muñeca japonesa, que hiciera el amor conmigo o que al menos lo intentáramos, y la posibilidad cierta de echarme a llorar allí mismo, como Alicia en el País de las Maravillas, e inundar el ascensor no de sangre, como en El resplandor de Kubrick, sino de lágrimas. Pero los buenos modales, que nunca están de más y que pocas veces estorban, en ocasiones como ésta son un estorbo, y al poco rato la doctora japonesa y yo estábamos encerrados en un cubículo, con una ventana desde la que se veía la parte de atrás del hospital, haciendo unas pruebas rarísimas, que a mí me parecieron exactamente iguales que las pruebas que aparecen en las páginas de pasatiempos de cualquier periódico dominical. 

Por supuesto, me esmeré mucho en hacerlas bien, como si quisiera demostrarle a ella que mi médico estaba equivocado, vano esfuerzo, pues aunque realizaba las pruebas de forma impecable la pequeña japonesa permanecía impasible, sin dedicarme ni la más mínima sonrisa de aliento. De vez en cuando, mientras ella preparaba una nueva prueba, hablábamos. Le pregunté por las posibilidades de éxito de un trasplante de hígado. Muchas posibilidades, dijo. ¿Qué tanto por ciento?, dije yo. Sesenta pol ciento, dijo ella. Joder, dije yo, es muy poco. En política es mayolía absoluta, dijo ella. Una de las pruebas, tal vez la más sencilla, me impresionó mucho. Consistía en mantener durante unos segundos las manos extendidas de forma vertical, vale decir con los dedos hacia arriba, enseñándole a ella las palmas y contemplando yo el dorso. Le pregunté qué demonios significaba ese test. Su respuesta fue que, en un punto más avanzado de mi enfermedad, sería incapaz de mantener los dedos en esa posición. Éstos, inevitablemente, se doblarían hacia ella. 

Creo que dije: Vaya por Dios. Tal vez me reí. Lo cierto es que a partir de entonces ese test me lo hago cada día, esté donde esté. Pongo las manos delante de mis ojos, con el dorso hacia mí, y observo durante unos segundos mis nudillos, mis uñas, las arrugas que se forman sobre cada falange. El día que los dedos no puedan mantenerse firmes no sé muy bien qué haré, aunque sí sé qué no haré. Mallarmé escribió que un golpe de dados jamás abolirá el azar. Sin embargo, es necesario tirar los dados cada día, así como es necesario realizar el test de los dedos enhiestos cada día.

Enfermedad y Kafka 
Cuenta Canetti en su libro sobre Kafka que el más grande escritor del siglo XX comprendió que los dados estaban tirados y que ya nada le separaba de la escritura el día en que por primera vez escupió sangre. ¿Qué quiero decir cuando digo que ya nada le separaba de su escritura? Sinceramente, no lo sé muy bien. Supongo que quiero decir que Kafka comprendía que los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado allí.

domingo, 8 de marzo de 2020

Artículo académico: 2666 de Roberto Bolaño. Una perspectiva de género

Ainoa Íñigo, de The City University of New York en Estados Unidos, publicó un artículo titulado "2666 de Roberto Bolaño: una perspectiva de género" en el número 98 de la revista La Colmena en octubre de 2018. A continuación encuentran un resumen y al final el link al texto.

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Esta investigación se propone aplicar conceptos fundacionales de teorías de género y feminismo a la última novela de Roberto Bolaño, 2666. El género es una categoría analítica de carácter trasversal puesto que afecta a diferentes ámbitos, como lo social, político, económico, cultural, educacional, hasta lo filosófico y existencial. Uno de los objetivos es analizar la novela desde estas teorías para descubrir la posición del autor, a veces ambigua. El fin último de este trabajo es profundizar en cierto tipo de terminología que ha sido adquirida culturalmente a través de un sistema filosófico claramente patriarcal para señalarla, deconstruirla y crear discursos alternativos. Mediante el análisis literario se puede deliberar sobre temas como la desigualdad y conceptos como el sexismo, el patriarcado, la violencia contra la mujer y su invisibilidad, la masculinidad y la discriminación sexual.

domingo, 1 de marzo de 2020

Poema: Ernesto Cardenal y yo


Hoy falleció a los 95 años el gran poeta nicaraguense Ernesto Cardenal. Bolaño incluye este poema sobre él en su libro Los perros románticos. En paz descanse.

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ERNESTO CARDENAL Y YO

Iba caminando, sudado y con el pelo pegado
en la cara 
cuando vi a Ernesto Cardenal que venía
en dirección contraria 
y a modo de saludo le dije: 
Padre, en el Reino de los Cielos
que es el comunismo, 
¿tienen un sitio los homosexuales?
Sí, dijo él. 
¿Y los masturbadores impenitentes?
¿Los esclavos del sexo?
¿Los bromistas del sexo?
¿Los sadomasoquistas, las putas, los fanáticos
de los enemas, 
los que ya no pueden más, los que de verdad 
ya no pueden más? 
Y Cardenal dijo sí.
Y yo levanté la vista 
y las nubes parecían
sonrisas de gatos levemente rosadas
y los árboles que pespunteaban la colina 
(la colina que hemos de subir) 
agitaban las ramas. 
Los árboles salvajes, como diciendo 
algún día, más temprano que tarde, has de venir
a mis brazos gomosos, a mis brazos sarmentosos, 
a mis brazos fríos. Una frialdad vegetal 
que te erizará los pelos.

domingo, 23 de febrero de 2020

Poema: Enséñame a bailar

ENSÉÑAME A BAILAR

a mover mis manos entre el algodón de las nubes
a estirar mis piernas atrapadas por tus piernas 
a conducir una moto por la arena 
a pedalear en una bicicleta bajo alamedas de imaginación 
a quedarme quieta como estatua de bronce 
a quedarme inmóvil fumando Delicados en ntra. esquina 
los reflectores azules del salón van a mostrar mi rostro
goteado de rimmel y arañazos, ustedes van a ver una 
constelación 
de lágrimas en mis mejillas, voy a salir corriendo
enséñame a pegar mi cuerpo a tus heridas 
enséñame a sostener tu corazón un ratito en mi mano 
a abrir mis piernas como se abren las flores para el 
viento 
para sí mismas, para el rocío de la tarde 
enséñame a bailar, esta noche quiero seguirte el 
compás 
abrirte las puertas de la azotea 
llorar en tu soledad mientras desde tan arriba miramos
automóviles, camiones, autopistas llenas de policías y 
máquinas ardiendo 
enséñame a abrir las piernas y métemelo 
contén mi histeria dentro de tus ojos 
acaricia mis cabellos y mi miedo con tus labios 
que tanta maldición han pronunciado, tanta sombra sostenido 
enséñame a dormir, esto es el fin.

domingo, 9 de febrero de 2020

Entrevista: Bruno Montané en Culto de La tercera

A continuación una entrevista a Bruno Montané, el personaje de  Felipe Müller en la novela Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño que apareció hace unos días en la sección cultural de La Tercera.
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Bruno Montané: "Duele que el dinero del legado de Bolaño se use para demandar a sus amigos"

Con el autor de Los detectives salvajes integró el movimiento infrarrealista en México. Ahora reúne 40 años de labor poética en El futuro. Desde 2017 sus cartas con el escritor de 2666 están en la Biblioteca Nacional de España.

Javier García 21 Ene 2020 12:15 am


Nació en Valparaíso en 1957, luego vivió en Santiago en los años de la UP. Tras el golpe de Estado, con 17 años, Bruno Montané llegó a México, en 1974. Allí conoció a Roberto Bolaño y Mario Santiago y juntos crearon el movimiento infrarrealista que quedaría para siempre registrado como “realvisceralismo”, en la novela Los detectives salvajes, donde Montané inspira al personaje Felipe Müller.

En 1976 Montané se trasladó a Barcelona, España, y su vínculo con Bolaño continuaría. Incluso juntos escribieron y publicaron poemas a cuatro manos. 

“He aprendido poesía, también, y camaradería cotidiana, de Bruno Montané, quien llegó a mi casa en México, en 1974, cuando tenía 17 años y yo 21, y de allí en adelante cuántas aventuras, recitales, préstamos, S.O.S., conversaciones en el fondo de la gillette”, apunta Bolaño en la antología Entre la lluvia y el arcoíris (1983), de Soledad Bianchi. Más tarde dirá sobre los versos de su amigo: “Montané escribe como un naturalista que cree en muy pocas cosas y que sin embargo sigue haciendo su trabajo con tesón”.

Hijo de la poeta y pintora Helga Krebs, quien participó con uno de sus dibujos en el libro Chistes parra desorientar a la policía poesía (1982), de Nicanor Parra, y del arqueólogo Julio Montané, autor del Atlas de Sonora, que Bolaño usó para escribir sobre México; Bruno Montané es autor de los poemarios El maletín de Stevenson (1979-1981), El cielo de los topos (1987-1995) y Mapas de bolsillo(2013). Ahora, reúne esos tres títulos más un conjunto de inéditos en la antología El futuro, disponible en Chile por editorial Candaya.

Antes del estallido social de octubre, Montané llegó con su mujer al sur de Chile. Ahora está en Santiago y regresará en febrero a España. Vino dos veces antes, solo algunos días, incluso compartió un festival con el poeta Leopoldo María Panero, en 2004, pero esta es su estadía más larga en 45 años.

“Yo no tuve vida adulta en Chile, que sí la estoy viviendo estos días.Con respecto a la revuelta social, me parece una cosa increíble este espíritu colectivo que se ha generado. Los muros que también han hablado, oscilando sus mensajes entre la rabia y la poesía. Mi adolescencia en Chile fue durante la UP, pero había un lenguaje distinto, más regulado. Hoy hay una nueva manera de cómo decir las cosas”, comenta Montané. 

De bromas y juicios 
“El mito fue de carne y hueso y respiró,/ pero ahora ríe en el fulgor de ese oleaje/ que desafía todas las derivas”, escribe Bruno Montané en el poema Un nuevo mito, parte de esos versos inéditos apuntados en una libreta con el nombre de El futuro, que le dieron título a la antología que ahora publica.

El ejemplar abre con un prólogo del crítico español Ignacio Echevarría: “No queda en este libro testimonio alguno de la prehistoria del poeta Bruno Montané, activo partícipe de la neovanguardia mexicana de la década de los setenta”.

Sobre ese pasado, señala Montané, unos de los pocos sobrevivientes tras la muerte de Mario Santiago (1998) y Bolaño (2003): “Lo más importante del infrarrealismo era el ideal de grupo, luego la personalidad y genialidad de Mario y Roberto eran totalmente nucleares. Pero el infrarrealismo también fue una genial broma poética colectiva, generada por ellos”.  El poeta cuenta que se escribió decenas de cartas con Bolaño. Ese material pudo haber ido a parar a algunas universidades norteamericanas e incluso al Archivo del Escritor en la Biblioteca Nacional de Chile. Pero finalmente, en 2017, la Biblioteca Nacional de España adquirió el epistolario formado por 44 cartas (fechadas entre 1976 y 1997), 18 tarjetas postales y 3 piezas manuscritas de Bolaño. 

“Quizá lo mejor hubiese sido que quedaran en Chile, pero yo estaba con un problema económico grueso en ese momento y, bueno, se quedaron en España. El epistolario de Roberto es buenísimo, cada carta de él es un texto que vale mucho”, señala Montané. Entre esos documentos hay un texto de 14 páginas que Bolaño escribió tras la lectura dePurgatorio (1979), del poeta Raúl Zurita.

Montané lamenta que no se puedan publicar esos papeles. Además, recuerda que Bolaño mantuvo una extensa correspondencia, entre otros, con Antoni García Porta (Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce) como con el poeta Carlos Edmundo de Ory. “Está en Cádiz ese epistolario y es maravilloso porque Carlos hacía copia de las cartas”, dice Montané.

Ayer, el crítico Ignacio Echevarría se refirió al epistolario de Bolaño en la columna Malas cartas, en el suplemento El Cultural, de El Mundo. “La procelosa correspondencia de Roberto Bolaño, por ejemplo, sin duda una de las vetas más ricas y asombrosas de cuanto escribió, no puede ser publicada sin el consentimiento de sus herederos, no al menos hasta que sus derechos pasen a dominio público”.

Hace diez días, Echevarría fue absuelto en un juicio en España. Carolina López, viuda de Bolaño, lo demandó por “atentar contra el honor y la intimidad de su familia”, al afirmar que el escritor mantuvo una relación con Carmen Pérez de Vega. Ante el resultado López deberá pagar los costos del proceso. En ese juicio Montané sería testigo, pero se excusó porque se encontraba en Chile.

Sobre los juicios que ha emprendido la viuda de Bolaño, comenta Montané: “Duele que el dinero del legado de Bolaño se use para demandar a sus amigos. Ahora también esta última resolución deja en evidencia que una demanda tiene que corresponder a algo demandable. Ha sido un buen punto, como precedente, en este asunto de las demandas literarias”.

domingo, 2 de febrero de 2020

Fotografías de Allen Frame que ilustran las portadas de Bolaño en la editorial New Directions

Allen Frame es un fotógrafo nacido en Mississipi en 1951, su trabajo ha sido usado para ilustrar las portadas de Roberto Bolaño publicadas en la editorial New Directions. Por acá algunas de sus fotos en blanco y negro y también cuatro de las respectivas portadas.



“Policemen, Florence” (1996).



“Mariachis, Mexico City” (2000).



“View of Rio de Janeiro” (2006).



“Alfredo and Misael, Cuernavaca” (2000).



“Billboard, Sao Paulo” (2000).


domingo, 12 de enero de 2020

Poema: Lee a los viejos poetas

En La Universidad Desconocida, en su última parte llamada "Un final feliz", se agrupan varios poemas de Bolaño dedicados a su hijo Lautaro Bolaño. Agrupados bajo el título "DOS POEMAS PARA LAUTARO BOLAÑOS" se encuentra "Lee a los viejos poetas", que a continuación se cita.


domingo, 5 de enero de 2020

Nota: Nuevo episodio del culebrón judicial póstumo de Roberto Bolaño

Hace ya casi un mes se publicó una nota en El Periódico - Edición Cataluña, escrita por Elena Hevia y firmada en la ciudad española de L'Hospitalet (en la provincia de Barcelona), en la que se da seguimiento a los juicios que ha entablado Carolina López en contra de varios de los amigos y allegados (literarios) de su esposo fallecido, es decir Roberto Bolaño.

Más allá de lo que se reporta, que resulta bastante claro y bien narrado, vale la pena destacar el encuentro que tuvieron a raíz de estos pleitos dos de los más importantes agentes literarios en el mundo: Jorge Herralde y Andrew Wylie.

La palabra culebrón en España refiere a lo mismo que una telenovela en México, tanto por su nivel de drama como por su prolongada duración... No cabe la menor duda de que la vida póstuma de Bolaño sigue dando mucho de qué hablar, ojalá no más que su propia vida, o quién sabe.

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Nuevo episodio del culebrón judicial póstumo de Roberto Bolaño
  • La viuda del escritor continúa con sus querellas, esta vez contra el crítico Ignacio Echevarría, acusándole de vulnerar su honor y su intimidad
  • Carolina López ha intentado borrar a golpe de denuncia la existencia de la última compañera del autor de '2666'
Lali Gubern, Jorge Herralde y el agente literario Andrew Wylie.

Cabe esperar que un choque de manos afectuoso y con un punto de burlona camaradería como el que este martes intercambiaron el agente literario internacional Andrew Wylie y el editor español de más prestigio, Jorge Herralde, debería tener como escenario un lujoso hotel de Fráncfort en plena Feria del Libro. Pero no, ocurrió en L’Hospitalet de Llobregat en la puerta de acceso al Palau de la Justícia y aunque uno y otro intercambiaron impresiones jocosas - "hombre, Andrew, ¿qué haces en este país?", "es que me he equivocado de avión, Jorge"­-, por debajo latía la tensión de una historia que ha desembocado en uno de los juicios literarios con trasfondo editorial más esperados. El que enfrenta a la viuda de Roberto Bolaño, Carolina López, contra el que fuera amigo de su marido, el crítico Ignacio Echevarría. A quien el autor de ‘Los detectives salvajes’ dejó como "referente en sus asuntos literarios" y quien a la muerte del autor actuó como editor ejecutivo de sus tres primeros trabajo póstumos -incluida su obra maestra ‘2666’- y a quien posteriormente López apartó de esas funciones. Echevarría además aparece como personaje en la novela ‘Los detectives salvajes’ bajo el nombre de Iñaki Echevarne. Para no dejar un dato importante para el final, hay que decir que la fiscal ha desestimado el caso en espera de que finalmente el juez lo haga también o dicte una sentencia inculpatoria.

Carolina López, viuda de Bolaño, y el hijo de ambos Lautaro

En el elenco de esta historia a la que muchos tildan ya de culebrón hay que mencionar al agente literario más pertinaz y agresivo del planeta, Wylie, al que no en vano llaman ‘El Chacal’, que ha acabado gestionando los derechos indiscutibles de la viuda y los hijos de Bolaño, Lautaro y Alexandra; al gran editor Jorge Herralde, que pasó de encumbrar internacionalmente al escritor a perderlo de su catálogo por asuntos que muchos califican de "ajenos a los intereses de la propia obra y a los expresados por el propio Bolaño" y, por último pero quizá más importante, como se verá, a la que fuera la última compañera del autor de ‘Llamadas telefónicas’ en los últimos seis años de su vida, Carmen Pérez de Vega, a la que Carolina López ha intentado borrar de la historia oficial a golpe de denuncia. De hecho, un juicio contra Pérez de Vega se falló en marzo del 2019 reconociendo su relación de pareja con Bolaño pero conminándola a no hablar públicamente de la misma y obligándola a pagar 35.000 euros, una cantidad irrisoria para Carolina López pero prohibitiva para la demandada. Sin embargo, esa sentencia ha sido recurrida en la Audiencia Provincial de Barcelona por ambas partes.

En el juicio de ayer, el tema Pérez de Vega sigue siendo la almendra de las querellas. El detonante fue un artículo publicado en la revista ‘El Cultural’, en el que Ignacio Echevarría a raíz de la publicación del inédito de Bolaño ‘El espíritu de la ciencia ficción’ mostraba su desacuerdo con la forma en la que estaban siendo publicados los inéditos, sin una contextualización clara que los identificara como obras no terminadas -una opinión a la que también se había sumado ‘The New York Times’ en un artículo- y explicaba con detalle su entendimiento con Pérez de Vega, buena conocedora de la obra de Bolaño, a la que acudió para consultarle algunas dudas que tenía respecto a las ediciones que asumió. 

Esto sucedió después de que cualquier agradecimiento o velada alusión a Pérez de Vega que apareciera en los primeros trabajos sobre el autor fuera respondida por Carolina López con una prohibición directa a su publicación y con la retirada de la confianza a Echevarría y años después a Jorge Herralde tras informarle a través de Wylie de que existía una oferta mejor en Alfaguara pero sin darle la oportunidad al veterano editor a mejorarla.

Como material de la querella, además del artículo de ‘El Cultural’, también se considera una carta abierta publicada en el diario 'El País', en respuesta a una de Carolina López en la que negaba haberse marchado de Anagrama de forma "impulsiva o vengativa" y negaba la relación de su marido con Pérez de Vega.

Oponentes civilizados
Esas son las circunstancias en las que Wylie, desplazado de su feudo neoyorquino a L'Hospitalet, testigo de la viuda, y Jorge Herralde, por parte de Echevarría, chocaron los cinco, y actuaron como civilizados oponentes. Por parte de Carolina López, también se esperaba la presencia como testigo de Pilar Reyes, antigua directora de Alfaguara y actual directiva de la división literaria del grupo Penguim Random House, que excusó su asistencia por un viaje inoportuno.

El crítico literario Ignacio Echevarría.

Poco antes de que se le llamara a testificar, Herralde se mostraba orgulloso de que a sus 50 años de trayectoria y con un catálogo de 4.000 títulos nunca hubiera tenido que acudir a un juicio hasta el momento, si se exceptúa aquel momento en los 70, en tiempos de lucha antifranquista, cuando estuvo a punto de ser juzgado por rebeldía y la querella no prosperó.

Wylie defendió que el traspaso de los libros de Anagrama a Alfaguara obedecía únicamente a razones económicas y mencionó a Carolina López como una de esas viudas con las que resulta fácil meterse a la muerte del marido. Sin embargo, el abogado de Echevarría -su hermano Javier- sostiene que, ante las acusaciones de la viuda de vulneración al honor y a la intimidad familiar, él lo hizo con afán meramente opinativo. "Si Echevarría mencionó en su artículo a Carmen Pérez de Vega fue porque muchas de las actuaciones cuestionables de Carolina López estaban influidas por ese tema. La acusación habla de hechos falsos en los artículos, pero aquí no hay hechos falsos, solo opiniones".

Previo a la venta
En los pasillos de la Ciutat de la Justícia, Herralde evocaba cómo previo a la decisión de Carolina de vender a Alfaguara, una abogada del bufete que llevaba los temas legales a la viuda se presentó ante el editor con la propuesta velada de que si hacía una declaración pública negando la existencia de la relación entre Bolaño y Pérez de Vega, podría haber una posibilidad de que no perdiera sus derechos. "La de Bolaño y Pérez de Vega era una relación emocional muy próxima y yo tuve la suerte o el infortunio de ser presentado por Bolaño a Carmen Pérez de Vega, y lo hizo como su novia".

Respecto a las acusaciones de la viuda querellante a Echevarría achacándole lucrarse como ‘editor’ de los libros póstumos, Herralde ha entresacado de la demanda el dato de que este cobró 1.000 euros por esa tarea. "Cuando Carolina López decide apartar a Echevarría del legado, se pone en contacto con él a través de la agencia Balcells pidiéndole una minuta de sus trabajos por los que no había cobrado nada. Y él en un gesto elegante le pasa un factura de 1.000 euros, poca cosa si se tiene en cuenta la labor realizada. ¡Y ahora lo aportan como prueba de que se estaba lucrando!". Fin, por ahora, de la temporada. El culebrón continuará.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Bolaño sobre los intelectuales en México en "2666"

En la segunda parte de la novela de 2666, "La parte de Amalfitano", se encuentra el siguiente pasaje pronunciado por el profesor chileno Óscar Amalfitano (que trabaja en la universidad de Santa Teresa), al momento de informar sobre México a los críticos europeos que buscan al escritor Benno von Archimboldi.


"La relación con el poder de los intelectuales mexicanos viene de lejos. No digo que todos sean así. Hay excepciones notables. Tampoco digo que los que se entregan lo hagan de mala fe. Ni siquiera que esa entrega sea una entrega en toda regla. Digamos que sólo es un empleo. Pero un empleo con el Estado. En Europa los intelectuales trabajan en editoriales o en la prensa o los mantienen sus mujeres o sus padres tienen buena posición y les dan una mensualidad o son obreros y delincuentes y viven honestamente de sus trabajos.

En México, y puede que el ejemplo sea extensible a toda Latinoamérica, salvo Argentina, los intelectuales trabajan para el Estado. Esto era así con el PRI y sigue siendo así con el PAN. El intelectual, por su parte, puede ser un fervoroso defensor del Estado o un crítico del Estado. Al Estado no le importa. El Estado lo alimenta y lo observa en silencio. Con su enorme cohorte de escritores más bien inútiles, el Estado hace algo. ¿Qué? Exorciza demonios; cambia o al menos intenta influir en el tiempo mexicano. Añade capas de cal a un hoyo que nadie sabe si existe o no existe.

Por supuesto, esto no siempre es así. Un intelectual puede trabajar en la universidad o, mejor, irse a trabajar a una universidad norteamericana, cuyos departamentos de literatura son tan malos como los de las universidades mexicanas. Pero esto no lo pone a salvo de recibir una llamada telefónica a altas horas de la noche y que alguien que habla en nombre del Estado le ofrezca un empleo mejor remunerado, algo que el intelectual cree que se merece, y los intelectuales siempre creen que se merecen algo más. Esta mecánica, de alguna manera, desoreja a los intelectuales mexicanos. Los vuelve locos. Algunos, por ejemplo, se ponen a traducir poesía japonesa sin saber japonés y otros, ya de plano, se dedican a la bebida. En ocasiones los intelectuales se instalan para siempre en el proscenio televisivo. De la boca de la mina siguen saliendo ruidos y los intelectuales los siguen malinterpretando."

domingo, 15 de diciembre de 2019

Foto: Roberto Bolaño con los hermanos Montané

“Escribe para que nunca te mueras”, le dijo Bolaño a Bruno Montané, uno de sus más grandes amigos y quien aparece en Los Detectives Salvajes como Felipe Müller. Por acá una foto de Roberto Bolaño con Álvaro y Bruno Montané.


domingo, 8 de diciembre de 2019

Foto: Infrarrealistas en 1975

A continuación una fotografía de algunos de los infrarrealistas y entre paréntesis el nombre de su personaje en la novela de Los Detectives Salvajes.

De izquierda a derecha: Macario Matus, Roberto Bolaño (Arturo Belano), Mario Santiago Papasquiaro (Ulises Lima), Orlando Guillén (El Cojo), Alcira Soust Scaffo (Auxilio Lacouture), Julián Gómez y Bruno Montané (Felipe Müller).

Casa del Lago, Chapultepec, Ciudad de México, 1975.


domingo, 1 de diciembre de 2019

Artículo: 2666 la mejor novela del siglo XXI según Babelia

Hace un par de días Babelia publicó una lista con los mejores 21 libros del siglo XXI. Elegida por 84 expertos que se encargaron de evaluar los títulos más relevantes de las dos primeras décadas del actual milenio. En el número 1 se encuentra 2666 de Roberto Bolaño. Así comienza el artículo, que acá encuentran de forma íntegra, y añado lo que se dice sobre la obra.

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"Hacer listas", escribe Alberto Manguel en su Diario de lecturas, “da lugar a cierta arbitrariedad mágica, como si la simple asociación pudiera crear sentido”. Pues bien, ¿qué sentido se puede encontrar en una lista que trata de hacer balance de las dos primeras décadas del siglo XXI? Empecemos por el principio. El martes 11 de septiembre de 2001, dos aviones de pasajeros secuestrados por terroristas suicidas derribaron las Torres Gemelas de Nueva York, mataron a casi 3.000 personas y cambiaron el mundo para siempre. De paso, mandaron al trastero de las hipótesis la teoría hegeliana del fin de la historia reciclada por Francis Fukuyama tras la caída del muro de Berlín y zanjaron la discusión sobre si el siglo XXI empezaba en el año 2000 o en 2001. La guerra de las galaxias se quedó en choque de civilizaciones. Los ordenadores pasaron la prueba del efecto 2000, pero sus usuarios —la nueva gran palabra— entraron en la era del miedo, la inseguridad, la precariedad, la intimidad (pública) y la realidad (virtual).

El futuro había llegado tan pronto en forma de metralla que los cines se llenaron de remakes; las librerías, de cánones, recuentos y resúmenes y listas de lo muy muy y lo más más (que había que ver, leer y escuchar… antes de morir). También de relatos con un fondo de historia universal y libros de no ficción o de autoficción que dan tanto valor a la trama como a su making-of. Incapaz de imitar a una realidad presente que parecía de novela, la literatura se volcó en el pasado, en la memoria (histórica y a secas), en las investigaciones periodísticas, en la primera persona y en la propia literatura, que se volvió metatodo.

De ahí el triunfo absoluto de 2666, un libro total compuesto de cinco partes y publicado en otoño de 2004, al año siguiente de la muerte de su autor. Desde Borges —retratado minuciosamente por Adolfo Bioy Casares en un diario ya ineludible—, ningún escritor ha influido tanto como Roberto Bolaño en las nuevas generaciones.


domingo, 24 de noviembre de 2019

Graffiti: La libertad es como un número primo


En el libro de Los Detectives Salvajes de Bolaño, precisamente, en la parte homónima, que es la segunda, el personaje Joaquín Font Quim Font, el lúcidamente desequilibrado padre de "las  hermanas Font" (musas de los real viceralistas), inicia un breve monólogo afirmando que "La libertad es como un número primo", para a partir de ahí describir su nueva situación personal. Dicha parte de la novela dice exactamente así:




En días pasado me encontré la foto que abre este post, ubicada en Santiago de Chile, y que encuadra a la perfección las protestas sociales que desde hace semanas se están llevando a cabo en aquel país, en el cuál nació Roberto Bolaño.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Video: Javier Cercas presentando Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño en 1999




Ayer tuve la oportunidad de ver a Javier Cercas en un festival literario en Madrid, en su charla habló sobre las fronteras entre la vida y la literatura, también sobre su concepción de la historia y la memoria.

Al escucharlo y solo un par de semanas después de que le otorgaran uno de los premios literarios con mayor impacto en el mercado, pensaba en un artículo suyo en el que trata de responder no a la típica pregunta de ¿a qué se debe el éxito de Bolaño en USA (y también a nivel mundial) una vez que falleció?, sino a una mucho más acertada, la de ¿por qué Bolaño no tuvo éxito cuando estaba vivo? (en breve comparto ese texto publicado en Babelia).

Cercas era uno de los grandes amigos de Roberto Bolaño, ambos radicaban en Barcelona desde antes de que iniciaban a publicar en grandes editoriales, precisamente, en Soldados de Salamina, novela con la que Cercas alcanzó el reconocimiento mundial, uno de sus personajes es el propio Bolaño, quien alienta al escritor español a terminar su novela y, al final, resulta fundamental para el desenlace de la misma. 

Las referencias de ambos escritores y sus encuentros han quedado plasmados en columnas de opinión y diversas reseñas (también eventualmente las iré compilando en este espacio). Por el momento, creo que vale rescatar un video poco conocido, un video de enero de 1999 en el que Cercas presenta Los Detectives Salvajes de Bolaño (recientemente ganadora del premio Herralde) en una pequeña librería de Barcelona.

La presentación de Cercas es en catalán y la respuesta de Bolaño es brevísima debido a que se encontraba con fiebre. Resaltan un par de frases en las que ambos anhelan que con el paso del tiempo puedan fungir como parte de una misma generación de escritores. 

El cariño entre Bolaño y Cercas se pone en evidencia a través de entender la amistad como el mayor de los tesoros, así como también una noción, que ayer mismo decía Cercas, respecto a que toda literatura es autobiográfica, en afirmar que: "no hay diferencia entre vida y la literatura..., la literatura es una forma de vivir más".